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EL DÍA QUE EL DEPORTIVO BARRACAS LE GANÓ AL BAYERN MÜNICH

choque

………………………………………………………..A los que luchan desde los clubes para formar mejores personas

El suceso es real pero hay que hacer algunas consideraciones previas.

Primero: a veces los escritores buscamos la mejor manera de sorprender desde la ficción al lector; pero la realidad, esa indiferente a las necesidades mortales, lo releva por una cuestión de mero poderío; en una trivialidad absoluta.

Segundo: ¿Por qué los hechos deben ocurrir en un determinado espacio- tiempo?. Si no ocurren las cosas como uno espera que sucedan ¿por qué caminos se puede forzar el destino como para encontrar cara a cara a Escipión el africano y Napoleón; a Marco Polo y Cristobal Colón; o más acá a Juana Azurduy y Evita?. He aquí la posibilidad de represalia del escritor para destronar a la realidad de su carácter monárquico.

Tercero y no menos importante: en el fútbol, y sin necesidad de caer abiertamente en los relatos de Héctor Bandarelli -aquella creación de Alejandro Dolina-, es prácticamente imposible no desembocar en comparaciones que si bien son odiosas para esos insulsos simpatizantes pacatos, son increíblemente deliciosas e igualmente pasionales para la gran mayoría de los licenciosos futboleros.


El bar El Chinito fue testigo de la hazaña que a continuación se relata y en la que el ceniciento club del Deportivo Barracas de Gral. La Madrid sumó su joya más preciada.

A ver si nos ubicamos.
El bar “El Chinito” todavía muestra su estructura enclenque en la encrucijada de las calles San Martín y Paso en el denominado Barrio Chino. Absurdo total: en La Madrid no hay chinos, ni siquiera una mínima colectividad. Puede ocurrir, como en cualquier lado que algún joven de ojos rasgados reciba tal mote sin tener en cuenta el uso correcto de los gentilicios, pero no más que eso. El origen del nombre del bar se pierde en la historia del pueblo y dicen, según algunos que tratan de encontrarle explicación a todo, que hace referencia a un descendiente oriental que supo iniciarse en el local mencionado. Como consecuencia, el bodegón de marras le dio nombre a toda la barriada.

Lo cierto es que el bar El Chinito fue una institución popular. Estaba ubicado “atrás de la vía”, eufemismo usado algunas veces para designar el lugar para donde menos creció el pueblo y otras para disimular la inevitable discriminación de la gente. El Chinito, sin embargo supo cobijar queribles atorrantes de todas épocas, y eso debería estar vedado al olvido.

Allá por el 77, época de esplendor del boliche (término correcto usado en el interior del país), desde la mañana y hasta bien entrada la noche se apagaban penas, se compartían ilusiones o se iba sin otro motivo que “ver que pasaba” nomás.
El Chinito tenía esas puertas de cedro con seis vidrios tan típica de estos locales, pintada, descascarada y vuelta a pintar -la última vez de color verde rabioso- y castigada por el paso del tiempo, con un picaporte lustrado por el uso y endeble por el mismo motivo. Adentro el piso era una cuadrícula de mosaicos calcáreos rojos y amarillos, pisados por millares de alpargatas sin un futuro mejor y por más de un pié descalzo con peores posibilidades. Las ventanas parecían eternas; dibujaban desde adentro perfiles inexistentes en el exterior producto de las malformaciones del material por un lado y por la falta de un simple trapo mojado por el otro. La iluminación artificial del Chinito consistía en tubos fluorescentes que taladraban los oídos con un permanente e inevitable zumbido, que era sólo tolerable debido a la aclimatación que producía el bullicio general, pero molestaba cuando quedaban pocos parroquianos, allá por las tres o cuatro de la mañana.

El mostrador, bajo y de madera, rezongaba cuando alguien se acodaba. Estaba lustroso por un bruñido particular producto de años de camisas “Grafa” apoyadas con dueño y todo en los bordes. Detrás del propio mostrador el dueño, en ese tiempo el Negro Busada, vestido con una imperecedera campera “Astronauta” marrón oscuro, atendía con la prestancia propia de quien ve pasar la vida de los demás a través de la opinión medida con el objetivo superior de no perder clientela. Sus bigotazos, por otro lado, imponían la presencia necesaria para arriar borrachos cargosos desde temprano si era necesario.

Por una puerta lateral se salía al patio donde estaba ubicada la cancha de bochas al aire libre. Allí, de unos postes colgaban algunos focos estratégicamente ubicados que permitían integrar audaces partidos nocturnos en tiempo de verano. Había también una máquina de “sapo”, juego que lamentablemente, fue perdiendo popularidad hasta casi transformarse en una curiosidad más que una tradición. Sobre una de las paredes del fondo de la cancha aún es posible leer el texto: “Club El Chinito” en letras azul y amarillo, coronadas con el clásico escudo del club xeneixe. Es que el bar formó en algún tiempo una apresurada comisión con el objetivo de participar en torneos bochófilos del pueblo. Como todos sus integrantes eran hinchas rabiosos de Boca la elección del distintivo que los represente no fue discutida en absoluto.escudo con la inscripcion "Club el Chinito" con los colores de Boca; paradojicamente, hoy es parte de un gallinero

Pero la historia convocante en este relato es otra: la que tuvo como protagonista categórico a don Ernesto Hurtado.
Como Júpiter tronante, los humanos nos permitimos a veces poner en los platos de la balanza los distintos mundos que componen El Mundo. Y en este sentido, don Ernesto Hurtado obró, movido quién sabe por qué hilos invisibles, a favor de esas fuerzas irresistibles en la naturaleza desenfrenada del fútbol. Para entrar de lleno hay que especificar que fue director técnico del Deportivo Barracas durante el año 77 -logró sacarlo subcampeón de la liga lapridense de fútbol- y continuó en ese puesto por dos años más. Alcanzar tal gloria fue cosa seria, el equipo venía de una racha adversa de casi una década sin alcanzar el Olimpo deportivo. Pero esa meta no fue la más trascendental que el técnico pudo lograr para “el Depo” sino el hecho de dar por tierra nada menos que a los “Panzers” del Bayern Münich.

El hecho que a continuación se intentará pormenorizar, tiene la veracidad sostenida por los asistentes que pudieron comprobar de forma contundente esta victoria.
A fines de 1976 la temporada futbolística internacional había sorprendido al mundo al consagrar campeón intercontinental al Bayern Münich a instancias del admirado Cruzeiro, aquel de Nelinho, Ze Carlos, Vanderlei, Dirceu, Jairzinho, Palinha y nuestro Eduardo Piazza, entre otros tan increíbles jugadores, muchos de ellos herederos de los tiempos dorados del super Brasil de los 50 y 60. Claro que en diciembre del 76 habían tenido que enfrentarse a nada menos que los temibles “altos, rubios y fornidos” del Bayern como Maier, Anderson, Beckenbauer, Horsman, Rummenige o Müller. En el partido de ida jugado en la ciudad de Münich los alemanes se habían impuesto por dos a cero; en el de vuelta igualaron 0 a 0 en Belo Horizonte dándole así la copa en disputa sin auspicio todavía de fábrica de automóviles alguna.

BAYERN 1976 VS CRUA partir de la coronación de los alemanes, todo el mundo hablaba de la fuerza, del ímpetu, del estado atlético de aquellos grandotes que parecían imposibles de derrotar, según la perspectiva de los diarios de la época. Segregación aparte, lo cierto es que aquella formación del equipo alemán había sido justo campeón y tal fama había llegado inclusive hasta El Chinito.

Una noche de octubre del 77 estaban lidiando una veintena de vecinos en las seis o siete mesas dispuestas en el local. En una de ellas, don Ernesto Hurtado, con sus clásicas y refinadas prendas: camisa y pantalón blancos; hacía que la noche extendiera su agonía entreverado en un tute junto a otros amigos. Culminada una de las manos y mientras alguno se desperezaba en la silla y otro renovaba la ración de vino blanco, un espectador que curioseaba el juego sentado al revés en una silla con los brazos cruzados y apoyados sobre el respaldo, inició una conversación acerca de fútbol que debería haber terminado ahí mismo, pero que se dilató lo suficiente como para involucrar a don Ernesto y por ende elogiarlo por el subcampeonato obtenido por el equipo que conducía. Don Ernesto Hurtado, haciendo una pausa para beber de su vaso de vidrio ordinario anticipó que el equipo que estaba formando para el próximo torneo iba a dar que hablar, es más, aseguró que iba a plantar en la cancha al futuro campeón; aclaró que se venía una camada de pibes que entendían el fútbol como a él le gustaba pero que todavía no los quería apurar para no quemarlos.

La conversación derivó inevitablemente sobre filosofía futbolera a lo que el espectador de la silla al revés espetó que lo que en realidad se venía en el futuro eran los atletas más que los futbolistas; que ahora era imprescindible tener un buen físico trabajado antes que una buena gambeta y como para corroborar sus dichos descargó sin medir consecuencias: -Y si no pregúntenle a los negros del Cruzeiro, que “jogo bonito” ni ocho cuartos, lo que tiene que hacer es, correr toda la cancha los noventa minutos.El equipo de Bayern Munich campeon del mundo
Antes que alguien le devolviera cualquier posición ideológica, don Ernesto Hurtado -que hasta entonces había sido palabra más que autorizada- lanzó la frase como quien tira el ancho de espadas: – Al Bayern lo he visto jugar por televisión en la casa de unos primos en Buenos Aires -en esa época en La Madrid no era fácil hacerlo- y por el planteo que ellos hacen, nuestros muchachos están en condiciones de ganarles.

El silencio ganó no sólo la mesa de juego sino algunas aledañas cuyos integrantes intervenían desde hacía un rato en la discusión. Es que don Hurtado era una persona mesurada, que imponía el respeto por sus años y por sus acciones; pero el olor a sacrilegio que dejó su frase obligó a alguien a repreguntar como para que no queden dudas de lo que todos suponían: -¿Cuáles muchachos?.

-Barracas, por supuesto – fue la tajante corroboración del técnico que de tan serio que estaba a nadie se le ocurrió esbozar una sonrisa. Y como para que no queden dudas asestó el golpe que faltaba:
-y lo puedo demostrar.

imagesPara ese entonces casi todos estaban arremolinados en la mesa alrededor de los neófitos analistas deportivos. Busada, con los brazos cruzados apoyados en el mostrador interrumpió su somnolencia para atender la sentencia del técnico del Deportivo Barracas quien se levantó de su silla en medio del silencio general, se dirigió al mostrador e intercambió algunas palabras con el dueño, éste asintió un par de veces y se escurrió por una piecita del fondo del bar. Enseguida, el hombre de blanco volvió sobre sus pasos con una parsimonia de gladiador romano y dirigiéndose a la aún inmutable concurrencia los invitó a pasar al patio del bar con un seco:
-Vamos.

Mientras las luces de la cancha de bochas se encendían, el cortejo encabezado por el provocador técnico ingresó a la arena, y todos se fueron ubicando en los laterales de dicho lugar. Lento hasta la exageración con el único fin de crear el clima adecuado, don Ernesto tomó una de las tizas que servía para marcar las jugadas bochófilas y dibujó la silueta de un inconfundible campo de juego de fútbol al tiempo que el “negro” Busada traía entre sus manos tapas de cerveza y piedras de tamaño regular. Tratando de que su sombra no entorpezca la flamante traza de tiza, don Ernesto comenzó a ubicar diestramente los elementos y progresivamente fue descubriéndose el conocido diseño que representa la formación de dos equipos en la cancha de fútbol.

El retador levantó la vista y aclaró antes de iniciar su obra maestra: – las tapas de cerveza son el Bayern y las piedritas somos nosotros, acto seguido comenzó a identificar cada uno de los elementos:- ellos -dijo señalando las chapitas- se presentan con este esquema de juego, este es Maier, este Andersson, este otro Beckenbauer, aquí se ubica Schwarzenbeck, en el mediocampo tienen a… y siguió soltando los apellidos teutones familiares por la mayoría de los presentes que de a poco se acercaban tratando de encontrar las mejores ubicaciones alrededor de la improvisada cancha de fútbol con un interés creciente.

el "paisano" alsogarayNosotros en cambio -aclaró mientras distribuía las piedritas-, salimos con Pezclevi al arco, ponemos atrás a Ricardo Carimán, al “Negro” López, a Juancito Nuñez y al “Tingo” Herbosa, manejando los hilos (refiriéndose al cinco) al “Petiso” Acosta, al lado a Carlos Nieto y el “Nene” Quintana, y adelante les jugamos con el “Mono” Castro, el “Pato Salvi y el “Paisano” Alsogaray.

Un silencio expectante había ganado el patio del Chinito. El negro Busada aprovechaba para traer las copas de vino al patio y alguna que otra silla a pedido de algún interesado.
Don Ernesto Hurtado, acuclillado, comenzó a mover las tapas y las piedritas consecuentemente se movían los jugadores en la cancha, inclusive anticipando lo que Dettmar Cramer, el director técnico del Bayern hubiera hecho. El monólogo se prolongó durante un buen rato y la explicación era tan prolija que nadie podía despegar la vista del rectángulo de tiza. -¿Ven?, ellos atacan con Torstensson y Hoeness por las puntas y tiran el centro para la cabeza de Müller o de Rummenigge, para eso los pongo a Ricardo Carimán y a Juancito Núñez que son dos tipos que saben cortar las subidas de los grandotes. Si ocurriera que aún así llegan a tirar el centro, lo tengo al “Negro” López para despejar y salir jugando con el “Tingo” Herbosa. Y como ustedes saben el Tingo no la pierde fácilmente, por eso puede salir para adelante con el “Petiso” Acosta o abrir para los costados con Carlitos Nieto o el paisano Alsogaray.

Gerd Muller, el tanque, uno de los cuidados que debia tomar Don Ernesto HurtadoTodos callados, seguían con interés respetuoso el desarrollo del juego. En un momento un peón de “Las Margaritas” no aguantó más y aportó lo suyo: -Pero ellos se corren toda la cancha, ¿cómo hace para pararlos si Kapellmann empieza a triangular con los delanteros? –. Don Ernesto Hurtado levantó la vista para identificar al autor de la pregunta, éste evitó mirarlo avergonzado por su propia impertinencia. Pero el genial técnico lejos de molestarse, le respondió: –A nosotros se nos complica bastante si están inspirados tanto Horsmann como Weiss, porque esos saben tocarla, por eso el trabajo del mediocampo nuestro debe ser permanente, dicho de otra manera: el Petiso va a tener que caminar toda la cancha, entonces a Carlitos Nieto lo retraso un poco y lo pongo para que lo ayude. Todos asintieron compartiendo la lógica reflexión del responsable del equipo subcampeón. Enseguida algunos más se animaron a interrogar y poner en aprietos a don Hurtado y este, con la noche de octubre como testigo, respondía con solvencia haciendo gala de su certitud que poco a poco fue contagiando a todos los concurrentes.
Los minutos y los tragos se sucedían, la tensión aumentaba y cuando la definición de los alemanes parecía inminente, más de uno practicaba un ridículo movimiento de piernas creyéndose en el lugar de uno de los defensores del equipo del Barrio Chino.

En un momento, don Hurtado se paró e informó a toda la concurrencia: – Así llegamos al primer tiempo.
Se notó que los espectadores aflojaron los músculos hasta antes acerados por la tensión. Él, por su parte hizo una pausa, bebió de su semillón que el negro Busada le había acercado, y se tomó unos minutos para mirar el rectángulo por él fabricado como buscando la manera de encarar el segundo tiempo. El resto de la gente aprovechó para intercambiar comentarios mientras señalaban el campo de juego o ir al baño.

Un rato después, don Hurtado invirtió el lugar de los jugadores e inició el segundo tiempo. El silencio se hizo insoportable, pero el nuevamente acuclillado técnico aclaró: -Ahora empiezo a mandar más adelante al Mono Castro y al Pato Salvi, para que se lleven las marcas. En el segundo tiempo ellos se vendrán con todo, entonces hay que aprovechar el contraataque-. Y el juego continuó igualmente narrado. A esa altura muchos se animaron a plantearle al técnico interrogantes tácticos, pero a cada pregunta conspiradora, a cada comentario astuto, don Hurtado resolvía con argumentos tan claros, con una seguridad tan impecable que los concurrentes no podían menos que asentir levemente tanto por la sensatez de las respuestas como por el respeto que de por sí imponía don Hurtado.

Cuando transcurría la mitad del segundo tiempo, el técnico estableció la gran jugada del partido: -En realidad -confesó- el Nene Quintana es un once mentiroso y se siente más cómodo jugando más retrasado, el tres de ellos lo va a seguir, pero va a dejar sin marca al paisano Alsogaray quien todos saben lo veloz que es. La pelota le va a llegar a los pies después que el Pato Salvi se desprenda rápidamente de la marca y el Mono Castro arrastre para el lateral a la suya. Maier lo va a ver venir y le va a salir rápidamente, el paisano va a hacer lo que ha hecho otras veces: amagará por la derecha -lo que provocará que el arquero se desacomode-, se frenará y con la zurda la mandará a guardar al fondo de la red.

El gol vibró en las gargantas de los concurrentes en la ya fría noche de octubre. Algunos de abrazaron, otros cerraron los puños en señal de victoria, alguno que otro vaso de vino se volcó bendiciendo la jugada magistralmente elaborada por el genio de don Hurtado.
-¿Y ahora don Ernesto?- aventuró alguien cuando se acallaban los festejos. La pregunta silenció los festejos, todos se volvieron a la figura del técnico quien hincado retrasó las piedritas al tiempo que esclarecía: -Ahora todos atrás, a defendernos pero sin colgarnos del travesaño de tal manera que nos dé la posibilidad de meter contraataques. Es ahora cuando incorporo al paisano Araya en defensa y lo saco al Tingo que a esta altura estará agotado; también será conveniente poner a Daniel Islas para que ayude al Petiso Acosta en el mediocampo. Y si acomodo estas líneas la delantera la soluciono con el ingreso del Panza Ocanto que le dará más movilidad al equipo adelante y encima un refresco es importante para aguantar las descargas del Mono Castro o del Nene Quintana-.

formacionesTodo encajaba perfectamente. Todo estaba calculado hasta la insignificancia. Nadie dudaba de las acciones que se desarrollaban por la exactitud de las combinaciones. El técnico volvió a armar las parejas de atacantes y defensores en el campo de Barracas, hasta Pezclevi se lució sacando un remate cruzado de Gerd Müller pateado desde afuera del área. Hubo un suspiro de alivio entre comentarios alentadores a favor del equipo local. Hasta el “Ruso” Schullmeister quien había permanecido silencioso, apoyado en un eucalipto del fondo y que en su propia reserva alentaba al equipo teutón por una cuestión de raíces, sintió esa necesidad de que el resultado se mantenga por lo menos; porque al fin y al cabo a los muchachos de Barracas los conocía de verlos durante la semana en la calle y a través de los alambrados los domingos, que tanto.

Aunque todos sospechaban el resultado final, nadie pudo reprimir los nervios cigarrillos mediante o en ocasiones de evitar mirar el campo de juego cuando don Hurtado metía todo el equipo alemán en el campo de Barracas y parecía que el empate era inevitable. Se empezaron a proferir gritos como: -¡Vamos Barracas!, ¡saque rápido Pezclevicito!, ¡meta la pierna Negro!, ¡sáquenla carajo!, ¡largala rápido Mono!. Y don Hurtado como un titiritero mágico salvaba pelotas imposibles, recuperaba balones prácticamente perdidos y metía contraataques que no llegaban a prosperar a pesar del movimiento perfectamente calculado de sus jugadores.

Algunos espectadores pedían el fin del partido, otros que refuerce la defensa. Le rogaron que haga ingresar al Antonio Ciappina que lo tenía en el banco y era un mediocampista todoterreno. Ante este íltimo pedido el técnico aclaró que Antonio estaba lesionado y que era mejor cuidarlo para que no se estropee más, y que esa era una regla de oro, y que él nunca sacrificaría un jugador por un partido por más importante que sea. La sentencia fue tan clara que algunos censuraron al autor del pedido. Alguien desde el fondo le exigió entonces que les haga tirar la pelota afuera para ganar tiempo. Pero don Hurtado había vuelto a sumirse en el juego sin prestar mayor atención a los comentarios; o tal vez sí lo hacía y usaba los pedidos para provocar en los espectadores mayor angustia.

En un momento dado y sin realizar ninguna advertencia previa, se paró, un poco dolorido por su anterior posición y les descargó:
-Y así termina el partido.

festejos barracasLa noche del Barrio Chino se conmovió por los vítores y vivas de toda la concurrencia. Se acercaron para abrazar con los ojos iluminados por la emoción al flamante responsable del triunfo, lo subieron en un improvisado carro humano y lo pasearon en andas. Lo llevaron alrededor de la cancha de bochas en una bizarra pero merecida vuelta olímpica. Terminado el rito volvieron a entraron al local abrazando y felicitando calurosamente al flamante Hércules del fútbol de todos los tiempos. Todos hacían sus propios comentarios de las mejores jugadas. Nadie, pero nadie, dudó por un instante en que hubiera podido ser otro el resultado. Claro era que Barracas había dado por tierra al campeón del mundo y, consecuentemente, le correspondía, aunque sea por esa noche, disfrutar la corona mundial que había estado hasta ese momento en manos de los alemanes.

festejosLos festejos se extendieron hasta muy entrada la madrugada. Algunos pidieron los elementos que representaron a los jugadores como recuerdo, pero Busada los negó aduciendo que los jugadores no se venden por ninguna plata.
Don Ernesto Hurtado, con la entereza que solo los grandes tienen volvió a sentarse en su silla e invitó a sus anteriores compañeros a proseguir la partida de tute interrumpida. Pero fue imposible continuar el juego cada uno de los que habían presenciado el espectáculo deportivo querían hacerle algún comentario, invitarlo a una copa o a charlar nomás: despuás de todo era el héroe de la jornada. Único y auténtico héroe de la gesta con ribetes épicos que acababa de finalizar.

Esta fue la crónica de la que podría considerarse como la venganza del Cruzeiro 76. De la natural superioridad del fútbol sudamericano sobre el europeo. De la manera en que Barracas lavó los honores de los brasileños con una victoria ajustada eso sí, pero victoria al fin.
El partido que se desarrolló en el improvisado estadio del bar El Chinito fue la perfecta síntesis de cómo las convicciones se imponen por sobre las posibilidades. De cómo es posible recoger el guante y batallar con éxito cuando las ideas son las que se ponen en juego, aún a riesgo de caer en el ridículo.

Como Prometeo, don Ernesto Hurtado les arrebató el fuego sagrado a los dioses inalcanzables y se los entregó a los hombres comunes; y éstos pudieron gozarlo y sentir su presencia divina en una fresca noche de octubre del 77, en el bar El Chinito de Gral. La Madrid. Lejos de todo.

Texto escrito por nuestro Padrino Juan Carlos Castillo
y publicado en la primer número de nuestra revistita “Pensar y Hacer”.

Comentarios (3) Escrito por Diego el 31 Mar